¿rosalia insulta al mundo del arte?
Haciendo scroll en TikTok me encontré con una chica que criticaba que Rosalía bailara ballet durante una de sus presentaciones del Lux Tour. Según ella, la cantante no tiene la técnica, el mérito, el sacrificio ni la trayectoria suficientes para hacer eso. A su juicio, era casi un insulto para quienes habían dedicado su vida a esa disciplina. Y eso me hizo pensar en la romantización que existe detrás del sacrificio cuando hablamos de ciertas expresiones artísticas.
Porque, más allá de si Rosalía ejecuta el ballet de forma perfecta, para mí el verdadero valor está en cómo una artista profundamente contemporánea y cercana a estilos urbanos en Motomami logra llevar esa disciplina frente a millones de personas que, probablemente, nunca se hubiesen acercado al ballet. Y eso no significa reemplazar a quienes llevan toda una vida bailando; significa abrir una puerta para que nuevas personas descubran una disciplina a la que, probablemente, por sí solas no hubiesen llegado.
En esa misma línea, me parece que hasta el balletcore, más allá de ser una tendencia estética, tuvo un efecto que me parece bonito: muchas personas se atrevieron a tomar clases de ballet por primera vez. Mujeres adultas, personas que nunca habían bailado, gente que simplemente quería vivir ✨la experiencia✨ sin ninguna presión. Por primera vez el ballet dejó de sentirse como un espacio reservado para quienes habían empezado desde muy chicos. Entonces, cuando veo creadoras que con tanta superioridad artística giran la conversa hacia el «derecho de usar lenguajes artísticos», eso me hace mucho ruido porque, ¿cuál es la necesidad de decidir quién tiene el derecho a crear o intentar hacer arte?
Y no me mal entiendan, siento un respeto infinito por la dedicación y pasión que dedica la gente a ejecutar una disciplina y jamás relativizaría ese trabajo. Las bellas artes tienen mucho de sacrificio y sería estúpido negar que un bailarín clásico, músico o pintor llega a esos niveles solamente por talento. Hay mucho entrenamiento, entrega y disciplina en algo que muy pocos podríamos sostener. Entonces también entiendo esa necesidad de «proteger» el oficio y reconocer el trabajo de atrás.
De hecho, creo que yo, en la posición de haberme dedicado 20 años al ballet, también sentiría cierta incomodidad al ver que alguien en un mes y medio se logró parar en puntas y llevar a cabo un show tan exitoso. Ese sentimiento es muy humano. Sin embargo, me cuesta empatizar con el salto entre esa incomodidad y concluir que alguien insulta a una disciplina simplemente por inspirarse en ella.
Mi cuestionamiento va más bien hacia las críticas que surgen cuando personas comunes y no tan comunes como Rosalía y yo quieren llevarlo a cabo. Honrar una disciplina y convertirla en un espacio al que solo algunos pueden entrar son dos cosas completamente distintas.
Entendiendo también que nadie está pretendiendo ocupar espacios de quienes se dedican profesionalmente a ciertas disciplinas. En el caso de Rosalía ella cruza disciplinas para construir el relato de su arte. Y, a su vez, el arte siempre se alimenta de otros lenguajes.
En mis etapas tempranas de la U, nos enseñaron que «todo es un remix». Es una idea súper simple y postula que cada idea nueva surge a partir de distintas referencias que se reinterpretan para crear una nueva pieza creativa. Ninguna creación nace completamente desde cero. Así funciona: la pintura inspira al cine, el teatro transforma la música, la moda se inspira en la arquitectura y, cuando empiezas a mirar el arte con análisis y detenimiento, te das cuenta de que, en verdad, hace siglos esto es así.
Y aunque quienes trabajamos en industrias creativas lo sabemos, de todas formas, cada vez que hay alguien intentando algo en espacios que no son los suyos, siempre aparecen las personas amantes de la cultura del sacrificio, sangre, sudor y lágrimas con el mismo mensaje: ✨¿Por qué haces esto si no te lo ganaste?✨
Quizás por eso me choca tanto cuando escucho a creadores que tienen la noción de que existe una especie de «permiso para crear». En internet, de hecho, se habla mucho del gatekeeping, que es ese impulso de guardarse, por «proteger» un espacio, bajo la premisa de que hay un grupo muy marcado de quiénes pertenecen y quiénes no. Y sí, a veces me hace sentido en temas culturales, de tradiciones, protección de espacios físicos como playas y todo lo que pueda morir por la viralización. Pero, en la ejecución de un arte, creo que termina construyendo una barrera donde pareciera que solo quienes han sufrido lo suficiente tienen derecho a entrar.
Y ahí aparece ✨la romantización del sacrificio✨, que pasa en más esferas de las que me gustaría admitir, porque tengo la sensación de que se tiende a valorar más algo cuando pensamos que hubo más esfuerzo para alcanzarlo. Como si el sufrimiento fuese una condición para que un resultado sea legítimo y existiera una especie de mérito acumulado.
Y llegando a nada, no sé si Rosalía baila un ballet técnicamente perfecto. Tampoco creo que esa era la respuesta que quería tener. Lo que siempre me seguirá haciendo ruido es: ¿por qué todavía hay quienes sienten que el arte necesita guardianes? Sí, esas personas que deciden quién puede acercarse a algo y quién no. Porque, al final, si el arte siempre ha evolucionado mezclando referencias, pensando «fuera de la caja» y tomando prestados otros lenguajes, quizás pedir permiso sea precisamente lo que menos lo haría avanzar.
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