¿Qué tengo que aprender de alguien que constantemente me quiere sabotear?

Ad portas de cumplir 30 años me encontré viviendo una de las experiencias más bizarras de toda mi carrera profesional. Y ha sido un largo proceso el poder pasar esta etapa rara, porque lo que estoy viviendo no se parece a nada de lo que imaginaba cuando empecé a trabajar.

Desde septiembre del año pasado he sufrido mucho por culpa de alguien de mi oficina. Y aunque me costó mucho admitirlo, creo que gran parte de ese sufrimiento vino de una idea muy simple que —aparentemente— yo tenía muy arraigada en mi cabeza: creer que si haces bien tu trabajo, las cosas eventualmente se acomodan.

Porque hasta ahora esa había sido mi experiencia. He trabajado con clientes complejos (algunos derechamente muy mal educados). He tenido reuniones donde he salido frustrada, proyectos que no salieron como esperaba y momentos donde me he sentido súper estresada. Pero incluso en esas situaciones, al final, siempre acepté algo que tenía que aprender: a manejar conversaciones difíciles, a poner límites, a regular mis emociones para ser una mejor versión de mi yo profesional.

Me costó algunas veces, pero sentía que siempre tenía cierto control sobre el resultado. Al final del día, siempre todo estaría bien.

Pero esta vez es distinto.

Porque por primera vez me encontré con una situación donde «trabajar mejor» no va a solucionar mi problema. Y es que por mucho rato pensé que la vida laboral era relativamente simple: si algo no estaba funcionando, había que mejorar procesos, aprender más o encontrar una mejor manera de hacer las cosas.

Lo que nunca vi venir es que sí existen conflictos que no tienen nada que ver con el trabajo.

Tienen que ver con las personas. Y especialmente con las ganas de algunas personas de tener más «poder».

Porque una de las cosas más incómodas que he aprendido este último año es que ser competente y «tener poder» dentro de una empresa son cosas completamente distintas. Y no siempre van de la mano.

Durante meses me cuestioné si el problema era yo, si estaba exagerando, si andaba muy sensible, si quizás aún me falta experiencia. Porque, curiosamente, esa era siempre la explicación que recibía cada vez que me he atrevido a hablar al respecto.

«Eres joven, tienes mucho que aprender, con el tiempo lo vas a entender. A tu edad, a mí me pasaba lo mismo».

Y quizás es verdad.

Probablemente sí tengo mucho que aprender aún.

Pero, a su vez, me empecé a cuestionar otras cosas.

Si el problema es mi falta de experiencia, ¿por qué otras personas habían terminado igual de quemadas que yo?

Porque esta historia no empezó conmigo.

Antes hubo personas que renunciaron, fueron despedidas o personas que simplemente dejaron de pelear y aprendieron a trabajar haciendo caso a todo, porque no hay otra forma y ya sabemos que esto es lo que es.

Y cuando empiezas a ver que un mismo patrón se repite una y otra vez, llega un momento donde ya no parece un conflicto individual.

Parece una característica que permite el sistema.

Y esa, creo, ha sido la lección más dura de aceptar.

Porque siempre pensé que esta organización en particular corregiría, a ojos cerrados, aquello que podía hacer daño.

Pero resulta que no siempre es así.

A veces simplemente hay que aceptar que las empresas  toleran ciertos comportamientos.

A veces los justifican.

A veces los minimizan.

Y a veces incluso los protegen.

No porque no los vean, sino porque han decidido convivir con ellos.

Durante mucho tiempo mi energía estuvo puesta en intentar que otras personas entendieran lo que estaba pasando.

Intenté explicarlo.

Intenté mostrarlo.

Intenté defender mi punto.

Intenté demostrar que no era una percepción aislada.

Y mientras más lo hacía, más me daba cuenta de algo aún más incómodo.

La discusión ya no era sobre quién tenía razón.

Era sobre quién tenía más credibilidad.

Y esas tampoco son siempre la misma cosa.

Con el tiempo entendí que estaba peleando contra algo imposible.

No porque estuviera equivocada, sino porque estaba intentando cambiar algo que probablemente ya había sido aceptado, y ya no importaba cuántos años yo llevara ahí.

Darme cuenta de eso fue MUY frustrante.

Porque quienes pertenecemos a una generación que creció creyendo que podía hacer las cosas mejor  tendemos a pensar que todo problema tiene solución si insistimos lo suficiente.

Pero eso es ingenuo, y no es verdad.

Hay situaciones como esta donde insistir solo genera más desgaste.

Hay momentos donde seguir peleando deja de ser valentía y empieza a convertirse en una forma de abandonarte a ti misma.

Por eso, después de meses intentando entender qué tenía que aprender de todo esto, llegué a una conclusión distinta.

La lección no es aprender a convivir con personas difíciles.

La lección es entender cuáles son las batallas que realmente me corresponde dar. Y cuáles no.

Porque no puedo controlar cómo otras personas deciden comportarse (menos señoras que me doblan en edad).

No puedo controlar las lealtades dentro de una empresa.

No puedo controlar las decisiones de quienes están por encima de mí en la estructura.

Pero sí puedo controlar cuánto de mi energía estoy dispuesta a entregar a una situación que ya entendí que no depende de mí.

Y sí, quizás crecer profesionalmente también significa eso.

Aceptar que tener razón no siempre cambia el resultado.

Aceptar que algunas personas son así y no van a caer ni a cambiar. 

Aceptar que hay personas que arrasan con todo y todos para llegar donde quieren.

Aceptar que algunas organizaciones funcionan como funcionan, a pesar de que sea algo que no compartamos.

Y aun así seguir adelante.

No desde la resignación.

Sino desde la convicción de que mi carrera es mucho más grande que una oficina, un cargo o una persona.

Porque si algo me ha enseñado esta experiencia es que la paz mental también es una forma de éxito.

Y últimamente, creo que estoy aprendiendo a elegirla.

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